Hoy no puedo con todo, y también está bien
Hay días en los que una se siente capaz de enfrentarse al mundo entero y hay otros en los que simplemente llegar al final del día parece suficiente. Quizá esa sea una de las contradicciones más profundas de ser madre de un niño neurodivergente o con discapacidad: aprendemos a ser fuertes mientras, muchas veces en silencio, también nos estamos quebrando.
Nos acostumbramos tanto a resistir que los demás pueden llegar a creer que podemos con todo. Nos ven organizar citas, terapias, medicamentos, evaluaciones, rutinas y responsabilidades; nos ven buscar respuestas, anticiparnos a las crisis y volver a empezar cada mañana. Como seguimos caminando, parece que estamos bien. Pero hay sentimientos que no se gritan, silencios que dicen más que mil palabras, lágrimas que nunca llegan a caer y tristezas que guardamos en lugares donde probablemente nadie las conocerá.
A veces ni siquiera necesitamos un motivo concreto para sentirnos mal. Simplemente se acumuló la vida. Una cita más, una preocupación más, una noche difícil, otra incertidumbre, otra pregunta sobre el futuro. Se acumuló el cansancio de estar pendientes física y emocionalmente casi las veinticuatro horas del día y esa sensación de que no podemos decir “hoy no”, porque alguien nos necesita.
Y decir que estamos cansadas no significa que amemos menos a nuestros hijos. Podemos amarlos con toda nuestra alma y, aun así, necesitar descansar. Podemos sentir orgullo y tristeza al mismo tiempo, esperanza y miedo, gratitud y frustración. Podemos celebrar un avance y llorar después por todo lo que costó conseguirlo. El amor no elimina el agotamiento, y el agotamiento tampoco disminuye el amor.
También pienso muchas veces en nuestros hijos y en cuánto de su infancia transcurre entre citas médicas, terapias, evaluaciones y esfuerzos constantes por adquirir habilidades que para otros llegan naturalmente. Como madres queremos prepararlos para el futuro. Queremos darles todas las herramientas posibles para cuando nosotros no podamos estar a su lado. Por eso insistimos, buscamos, estimulamos, enseñamos y volvemos a intentar. Sin embargo, a veces corremos tanto tratando de prepararlos para mañana que olvidamos detenernos a disfrutar quiénes son hoy.
Quizá una de las preguntas más dolorosas sea saber cuándo continuar empujando y cuándo cambiar el camino. Porque una madre siempre piensa que puede hacer un poco más. Entonces aparecen la culpa y las preguntas: ¿estaré haciendo suficiente?, ¿debería insistir?, ¿estaré renunciando demasiado pronto? Pero también necesitamos preguntarnos qué sucede cuando aquello que pretendía ayudar comienza a producir más ansiedad, frustración y dolor que bienestar.
Cambiar el camino no siempre significa rendirse. Algunas veces también es una forma de amar.
Existe además un duelo silencioso del que pocas veces hablamos. No es un duelo por nuestros hijos, porque los amamos profundamente tal como son. Es el duelo por algunas expectativas que alguna vez construimos sobre el futuro. Nos preguntamos si serán independientes, si tendrán amigos, si podrán desenvolverse solos, si serán felices y, quizá la pregunta que más duele, quién estará para ellos cuando nosotros ya no podamos estar.
Pero mientras miramos todo lo que falta, podemos olvidar todo lo que ya hemos recorrido. Aquello que para otros parece pequeño, para algunas familias representa una montaña entera. Una palabra, una letra, aprender los números, comprender la hora, utilizar una calculadora, expresar una necesidad o realizar algo de manera independiente puede contener detrás años de esfuerzo. Tal vez necesitamos aprender a mirar esos logros con otros ojos y comprender que preparar a nuestros hijos para la vida no significa únicamente cumplir expectativas, sino darles herramientas que algún día les permitan desenvolverse con mayor autonomía y seguridad.
El futuro será incierto, como lo es para todos. Y quizá por intentar controlarlo estamos dejando escapar algo que nunca podremos recuperar: el presente. Nuestros hijos están creciendo mientras nosotros corremos detrás del próximo objetivo. Tal vez también necesitemos detenernos, abrazarlos y disfrutar un día tranquilo, una risa, un paseo, una conversación o simplemente el hecho de estar juntos.
Estoy aprendiendo que no tengo que ser fuerte todos los días. Que puedo cansarme, llorar, sentir rabia, tener miedo y no saber qué hacer. Que detenerme no significa abandonar y que descansar tampoco significa rendirme. He aprendido que resistir no siempre consiste en permanecer de pie. Algunas veces resistir es reconocer que ya no podemos más, sentarnos un momento, llorar lo que necesitemos llorar y levantarnos cuando tengamos fuerzas para hacerlo.
Porque no somos de hierro. Somos madres, padres y cuidadores intentando hacer lo mejor que podemos dentro de una realidad que muchas veces aprendemos a comprender mientras la estamos viviendo. Nos quebramos, nos reconstruimos y volvemos a caminar, no porque el dolor desaparezca ni porque tengamos todas las respuestas, sino porque seguimos amando.
Y quizá esa sea la reflexión que más necesito recordar: nunca debimos demostrar cuánto amamos a nuestros hijos por cuánto somos capaces de resistir. Algunas veces la forma más profunda de amar es detenernos, mirar todo lo que hemos recorrido, abrazarlos y comprender que no tenemos que resolver hoy toda la vida.
Por ahora, tenemos este día. Y a veces, eso es suficiente.
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