Educación inclusiva

El niño incomprendido: cuando aprender depende de ser comprendido

Hay realidades que muchas veces permanecen invisibles dentro de las aulas. No porque no existan, sino porque nadie se detiene a mirarlas con atención.

En cada escuela hay niños que parecen distraídos, que no logran terminar sus tareas, que reaccionan con frustración o que simplemente se quedan mirando el cuaderno sin saber por dónde empezar. Con frecuencia estos niños reciben etiquetas rápidas: “no quiere trabajar”, “es desobediente”, “no pone atención”.

Pero detrás de muchas de esas conductas no hay falta de interés ni falta de capacidad.

Muchas veces hay algo mucho más profundo: un niño que no está siendo comprendido.

Este texto nace desde dos lugares que viven dentro de mí al mismo tiempo. Desde la mirada de quien estudia los procesos educativos y reflexiona sobre el aprendizaje, pero también desde la mirada profundamente humana de una madre que vive cada día la experiencia de acompañar a una niña que muchas veces ha sido incomprendida dentro del entorno escolar.

Esa niña es Emma, mi hija.

Emma vive con síndrome de Cornelia de Lange, una condición genética que implica un desarrollo diferente en múltiples áreas del funcionamiento humano. Su perfil incluye dificultades de integración sensorial, déficit atencional, trastorno de ansiedad generalizada, alteraciones en la regulación emocional y dificultades visomotoras que afectan tareas como la escritura o la copia de información desde la pizarra.

A esto se suman condiciones visuales como hipermetropía, astigmatismo y algunas dificultades visoperceptivas que influyen en la forma en que procesa la información escrita.

Todo esto no significa que Emma no pueda aprender. Significa simplemente que su cerebro aprende de una manera diferente.

El concepto del “niño incomprendido” ha sido estudiado por diversos autores dentro del campo del neurodesarrollo. Carmona y colaboradores explican que muchos niños presentan formas particulares de aprendizaje que no se ajustan a los modelos educativos tradicionales, lo que provoca que su comportamiento sea interpretado erróneamente por el entorno (Carmona et al., 2009).

Cuando el sistema educativo no logra reconocer estas diferencias, el problema deja de estar en la metodología y comienza a colocarse sobre el niño.

El niño es el que “no quiere”.

El niño es el que “no puede”.

El niño es el que “no se esfuerza”.

Pero muchas veces la realidad es otra.

En el caso de Emma, uno de los factores que más ha influido en su experiencia escolar es el desfase visomotor. Esta dificultad afecta la coordinación entre lo que el ojo percibe y lo que la mano ejecuta. Para muchos estudiantes copiar desde la pizarra es una actividad automática. Miran, escriben y continúan trabajando.

Para Emma no.

Para ella implica realizar múltiples procesos al mismo tiempo: interpretar visualmente la información, recordarla, coordinar el movimiento de la mano, organizar el espacio en el cuaderno y hacerlo además al ritmo del resto de la clase.

Cuando estas demandas superan su capacidad de procesamiento en ese momento, aparece algo que desde fuera se interpreta muy fácilmente de forma equivocada: el bloqueo.

Emma no inicia la tarea.

Y cuando un docente no conoce lo que está ocurriendo en el cerebro del niño, lo más fácil es pensar que no quiere trabajar.

Sin embargo, desde la perspectiva de la educación inclusiva sabemos que muchas de las dificultades de aprendizaje no provienen únicamente del estudiante, sino de las barreras presentes en el entorno educativo. El Ministerio de Educación Pública de Costa Rica señala que estas barreras pueden ser metodológicas, sensoriales, actitudinales o organizativas, y que identificarlas permite implementar apoyos educativos adecuados que garanticen la participación de todos los estudiantes.

En otras palabras, no todos los niños tienen que aprender de la misma manera para poder aprender.

Rose y Meyer (2002), desde el enfoque del Diseño Universal para el Aprendizaje, plantean algo profundamente transformador: cuando el sistema ofrece una única forma de acceder al conocimiento, quienes necesitan otros caminos quedan automáticamente excluidos.

En el caso de Emma, la pizarra se convierte muchas veces en una barrera invisible.

Pero la historia no termina ahí.

A las dificultades visomotoras se suma otro elemento que influye profundamente en su experiencia escolar: la ansiedad. Emma vive con trastorno de ansiedad generalizada y alteraciones en la regulación emocional. En ambientes ruidosos, con cambios inesperados o con demandas académicas que sobrepasan su capacidad de procesamiento, puede experimentar desregulación emocional.

Esto puede manifestarse en conductas impulsivas: lanzar objetos, romper materiales o reaccionar abruptamente ante situaciones que le generan frustración.

Desde fuera, estas conductas pueden parecer problemas de disciplina.

Pero desde dentro del sistema nervioso del niño, lo que ocurre es otra cosa.

El cerebro está intentando regular una sobrecarga.

La vida cotidiana de un niño con condiciones del neurodesarrollo también es distinta. Mientras muchos niños pasan sus tardes jugando, algunos pasan gran parte de su tiempo entre terapias, evaluaciones médicas y procesos de intervención. La infancia se vive entre diagnósticos, citas y tratamientos.

En casa también hemos tenido que aprender a adaptar el entorno para Emma. Por ejemplo, debido a su sensibilidad sensorial y a su necesidad de seguridad física, tuvimos que modificar su espacio de descanso y colocar una cama al nivel del piso, porque las camas tradicionales le generaban incomodidad y desregulación.

También hemos tenido que aprender a anticipar cambios de rutina, acompañarla en las transiciones y buscar estrategias que le permitan enfrentar situaciones que para otros niños podrían ser simples, pero que para ella implican un esfuerzo emocional enorme.

Criar a un niño incomprendido es una lucha constante.

Las familias no solo enfrentan el diagnóstico. También deben enfrentarse a sistemas que muchas veces no están preparados para comprender.

Explicar una y otra vez.

Solicitar apoyos.

Defender derechos.

Abrir puertas que a veces parecen cerradas.

Sin embargo, la historia de Emma también demuestra algo profundamente esperanzador: las personas pueden cambiar el destino de un niño.

A lo largo de su proceso hemos encontrado docentes, profesionales y personas que decidieron verla más allá del diagnóstico. Personas que se tomaron el tiempo de conocerla, de entender cómo aprende, de adaptar estrategias y de creer en sus capacidades.

Gracias a esas personas Emma ha avanzado.

Ha ganado seguridad.

Ha demostrado que sus capacidades siempre estuvieron ahí.

Pero también existe el otro panorama.

Ese que muchas familias conocen demasiado bien.

El de los docentes que deciden cerrar los ojos frente a la diversidad, limitarse a cumplir con lo mínimo o interpretar las dificultades del estudiante como simple falta de voluntad.

Cuando eso ocurre, el aula deja de ser un espacio de aprendizaje y se convierte en un lugar de frustración.

Para un niño.

Y también para su familia.

Porque para una madre es profundamente doloroso ver cómo la historia de su hijo puede cambiar dependiendo de la sensibilidad de los adultos que lo rodean.

Hay docentes que cambian vidas.

Y hay otros que, sin darse cuenta, pueden cerrar puertas.

Emma también tiene fortalezas que muchas veces pasan desapercibidas cuando solo se observan sus dificultades. Tiene una lectura rápida y precisa, una excelente memoria visual y una gran capacidad para comprender conceptos matemáticos cuando se utilizan apoyos concretos y visuales.

Esto demuestra algo fundamental.

Los diagnósticos no determinan el destino de un niño.

Lo que realmente transforma su camino son las oportunidades.

Los apoyos.

La empatía.

La disposición de los adultos para eliminar barreras.

Emma no es una niña que no quiera aprender.

Emma es una niña que necesita ser comprendida.

Cuando el entorno ofrece seguridad, refuerzo positivo y estrategias accesibles, sus capacidades aparecen.

Y cuando un docente decide mirar más allá de lo evidente, puede convertirse en la persona que cambie la historia de ese niño.

Comprender a los niños incomprendidos no es solamente un acto pedagógico.

Es, sobre todo, un acto profundamente humano.

Una invitación para quienes enseñan

Si usted es docente y está leyendo esto, tal vez en su aula exista un niño como Emma.

Tal vez ese niño no logra empezar las tareas.

Tal vez se distrae.

Tal vez reacciona con frustración.

Antes de pensar que no quiere aprender, pregúntese algo diferente:

¿Qué estará necesitando este niño para poder aprender?

A veces no se trata de exigir más.

A veces se trata de comprender mejor.

Porque cuando un niño encuentra a un adulto que decide entenderlo, el aprendizaje deja de ser una lucha y se convierte en una oportunidad.

Un niño incomprendido no está pidiendo menos exigencia; está pidiendo una oportunidad. Y a veces esa oportunidad comienza cuando un docente decide comprender antes de juzgar. Porque los niños no necesitan un sistema que los obligue a encajar, necesitan un sistema que tenga el corazón y la inteligencia para comprender cómo aprenden. Y muchas veces, una sola persona que decide comprender puede cambiar toda la historia de un niño.


Descubre más desde Puentes de amor

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.